viernes, 20 de mayo de 2016

“Todo lo que no se cuestiona permanece”



Narraré un día ordinario en mi actual vida: me levanto a las 5.30 am, hago un café, lo endulzo con miel porque hace ya 1 mes que no tengo azúcar, preparo el desayuno (anoche amasé pan sin levadura porque cuesta alrededor de 10 dólares y yo gano 93 al mes – al cambio actual de 420 Bsf por dólar - por lo tanto es muy cara) introduzco la bandeja con 5 pancitos en el horno mientras le preparo el desayuno a los perritos (tengo 5 y les sirvo 3 tazas de arroz con 1 y ½ de perrarina para rendirla, antes cada uno comía 1 taza de perrarina pero ya no podemos darnos ese lujo) Desayunamos pan con mantequilla y cheese whiz con una taza de café. Barro el patio, riego las plantas y espero las 8:00 am a que se vaya la luz hasta las 12 del medio día. Durante esas infames 4 horas sin electricidad leo las noticias en el teléfono móvil, recojo y doblo la ropa que lavé ayer porque aproveché que había agua y luz en la tarde, duermo un rato y finalmente dejo todo listo para hacer el almuerzo cuando llegue la luz. Ya es medio día y llega la luz, inicio la preparación de la comida y hago la cena de una vez porque nunca estamos seguros de otro apagón y la cocina es eléctrica. Comemos 1 carbohidrato (papas, pasta, arroz o arepas pero sólo 1 de esas opciones) y 1 proteína (huevo o carne, lo que dispongamos ese día), los vegetales están bastante costosos así que son muy raros en el plato. Al terminar limpio un poco la casa por dentro y ya es hora de darles cena a los perritos, tipo 6:00 pm. Tomo una ducha breve para no gastar mucha agua ni jabón y me dispongo a cenar. Vemos tele y a dormir para repetir esta vacía y tediosa rutina. Se puede observar que en ningún lugar de mi historia hay: salida con amigos, visita a familiares, ir de compras, centro comercial ni nada que tenga que ver con recreación o vida social. Tampoco voy al trabajo porque, como ya les he dicho con bastante preocupación y vergüenza a mis compañeros de trabajo: tengo el carro dañado, no tengo desodorante para mis axilas ni jabón para lavar la ropa y además llevo 6 meses sin tomar mi tratamiento para la hipertensión por lo tanto me quedo en casa intentando llevar una vida “tranquila y relajada”. Mucha gente pensará: pero ¿este tipo de qué se queja si tiene casa propia, carro, comida y servicios básicos que muchos no tienen? Es cierto pero no fue para eso que estudié, que trabajé durante tanto tiempo y más aún, no fui criado para vivir o padecer esto. Siempre nos fue inculcado el crecimiento, la competitividad, el desarrollo. Siempre nos fue inculcado que debíamos ser más, tener bastante, evolucionar; así que, toda esta experiencia genera ruido en mis creencias, pone en perspectiva la vida y uno se pone a pensar: ¿para dónde voy?, ¿qué hago?, ¿es esto lo que quiero?, ¿qué estoy esperando? Y no hablo en plural porque definitivamente no todos mi coterráneos sienten la misma incomodidad que yo. Concluyentemente, cuando veo que muchos van con normalidad al trabajo, otros se detienen a comer en un restaurante (nombre genérico que dispongo para cualquier sitio de venta de comida no hecha en casa y costosa) y algunos inclusive van al cine debo afirmar de que no todos estamos padeciendo lo mismo, o no todos vemos el desastre desde la misma perspectiva o no todos decidimos quejarnos (sinónimo que utilizo para cualquier palabra que implique detenerse y levantar la voz para indicar que esto anda mal) Observo esa especie de “normalidad” y digo: ¿llegaremos al paroxismo de esto? Y no sólo hablo de política y de la dictadura que padece Venezuela sino al conformismo en el cual se ha sumergido el venezolano, son tantas cosas que han cambiado para mal, para atrás, involucionado, que me siento divagante al escribir esta entrada a mi blog. Recuerdo que hasta hace unos 3 años atrás yo iba a Recordland o Discocenter y me compraba el último CD de Madonna y curucuteaba un poco en la tienda para llevar otros 4 o 5 discos más bien buenos que estuvieran en oferta; me iba un jueves en la noche a ver un espectáculo de boleros donde cantaba Judith Rodriguez y llevaba mi botellita de vino y nos caíamos a palos todos los que nos sentábamos en esa mesa deliciosa que nos sustraía durante un par de horas de Venezuela y nos paseaba por toda Latinoamérica haciéndonos sentir orgullosamente latinos. También me daba el lujo de estudiar Francés en la Alianza Francesa y seguir por los 2 cines de Valencia (si, 2 cines nada más que transmiten cine de autor en Valencia) Me compré una fuente de chocolate y cada vez que nos reuníamos en casa de mi fabulosa amiga Laura Pérez yo la llevaba cargada de chocolate, frutas y aderezos para compartir con todos. Hacer mercado nunca fue ni un tema de conversación ni un motivo de preocupación pero ahora vemos que todo nuestro salario se va en eso y nos falta, quedamos cortos de comida ya el día 20 del mes y aún restan 11 para llegar al final. Ayer pasé 4 horas dando vueltas en el supermercado con un carrito de compras donde metía víveres, haciendo un mercado virtual para que no me vieran mal los trabajadores de allí, mientras esperaba qué productos regulados iban a sacar, después de todo eso pude comprar 2 docenas de huevos. Lo cumbre no es todo lo anterior sino que ya era el tercer jueves (me toca comprar por mi último número de cédula el día jueves) que iba a mercado y no conseguía nada. Nada resume lo básico: pasta, harinas, mantequilla, huevos, leche, mayonesa, etc. Lo demás ya salió de nuestra dieta: quesos, jamones, embutidos, frutas, dulces, etc, son lujos a los que ya no podemos acceder so pena de quedar sin presupuesto para la nada. Después de eso me fui a otros 4 supermercados donde después de hacer entre 2 y 3 horas de fila no vendieron ningún producto. Nos fuimos a casa desanimados, agotados, hambrientos, quemados por el sol y bastante deprimidos. Ayer también, con dolor, escuché el cuento de mi hermana: trabaja en una institución del Estado desde hace 8 meses y le deben todo el salario del mes de diciembre del año pasado más el bono de alimentación del mes pasado y la quincena de este mes. Con todo su entrenamiento en gerencia y manejo de sus sentimientos (hizo un curso bien caro en todo eso dictado por especialistas internacionales y ella ha logrado muy buen lugar en su equipo que aún continúa vivo) rompió a llorar amargamente mientras nos ponía al día. Mi mamá intentó calmarla y lo único que pude decirle fue: déjala que drene, todos estamos así y tenemos que sacar eso de nuestro sistema. Quisiera que esta historia quede grabada en internet para futuras referencias, que no se repita en ningún lugar del mundo, que podamos ver la abyecta realidad que algunos humanos infligen sobre otros con el pretexto de absurdas realidades que solo existen en sus desquiciadas mentes (con todo esto me refiero absolutamente a la revolución y al mismo psicópata Hugo Chávez y todo su equipo) pero más aún para que los venezolanos nunca más volvamos a repetir un capítulo como este en nuestras vidas. Tal y como escuché de Anna Vaccarella: “Todo lo que no se cuestiona permanece”, les dejo esa reflexión.
Dios los bendiga.
Néstor Sarmiento

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